Conspiranoia
- Telediario Digital

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Por Daniel Montoya
La lágrima ya cayó. El trofeo ya cambió de dueño. Lo que queda es explicar la derrota, y ahí empieza el verdadero partido.
Miércoles previo: Messi gana, y en vez de la frase de rigor, “vinimos a hacer historia", nombra a los que no llegan a fin de mes.
El Gobierno, en menos de 48 horas, le contesta que no comparte el diagnóstico. El capitán queda en un lugar incómodo: dentro de la cancha, líder; afuera, disidente.
Casi en simultáneo, otra voz. Desde el Waldorf Astoria, con despacho en la FIFA, Macri le baja el precio a la bandera que sostuvieron los mismos jugadores tras eliminar a Inglaterra: “hicieron una de más”.
No hay que mezclar, dice el hombre que hace de la mezcla su oficio. Dos autoridades, dos Argentinas. La que reclama por los de abajo y la que administra el prestigio de estar arriba.

Domingo: pierde Argentina. Gana España, la que “nunca se traicionó”, según cantó hasta el cronista más neutral.
Orden contra desborde. Protocolo contra exceso.
No hace falta un maleficio. Alcanza con que el partido haya sido, también, la disputa por saber qué representa esa camiseta y que haya ganado el bando que pedía silencio.
La conspiranoia no vive en la cancha. Vive en la necesidad de que la derrota signifique algo.
Ahí no hay Illuminati ni sábana maldita: hay un país que no soporta perder sin épica, sin culpables. Y que siempre, siempre, encuentra las dos cosas en el mismo gesto.



