“La base fue la unión familiar”: El Tero cumplió 60 años y ya prepara a la tercera generación
La empresa nació del impulso de tres hermanos y hoy continúa en manos de sus hijos, mientras una nueva generación comienza a incorporarse. Ricardo “Tero” Vidal repasó una historia en la que el trabajo, los fierros y, sobre todo, la unión familiar fueron claves para atravesar seis décadas.

La historia de Carrocerías El Tero puede contarse a través de una fábrica, de los fierros y de seis décadas de trabajo. Pero, para Ricardo “Tero” Vidal, hay algo que explica mejor que cualquier otro dato cómo lograron llegar hasta acá: la familia.
Todo comenzó hace 60 años con su padre y sus tíos: Quito y Pochón. Tenían una fragua, herramientas básicas y una enorme voluntad de trabajar. Pero Vidal también puso en valor a quienes acompañaban detrás de aquel proyecto. Al recordar a su madre, destacó que fue fundamental para sostener las decisiones y “locuras” de su padre en aquellos primeros años.
Con el tiempo llegó la segunda generación. Los hijos crecieron prácticamente adentro de la fábrica y el taller pasó a formar parte de su vida cotidiana. “Yo no me imagino levantarme sin haber estado a la par de un taller”, contó Ricardo. Incluso recordó que, mientras otros chicos jugaban con autitos, para él el entretenimiento era intentar fabricarlos.

Esa cercanía no quedó solamente en los recuerdos de infancia. Hoy los hermanos siguen compartiendo empresa y vida familiar. Ricardo contó, entre risas, que incluso viven separados por paredes y vuelven a encontrarse en el patio. Primos, hermanos y cuñados también forman parte de una estructura familiar que consiguió mantenerse unida durante décadas.
“Yo creo que la base de esto primero fue la unión familiar. Es el mérito que nos han dejado nuestros padres”, sostuvo.
Para Vidal, poder conservar ese vínculo mientras se toman decisiones empresariales es uno de los mayores logros de estos 60 años. Una relación que incluso excede a los integrantes de la familia: al hablar de los cerca de 120 trabajadores, eligió llamarlos “compañeros” y aseguró que al caminar por los galpones siente que está rodeado de amigos.
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Ahora empieza un nuevo capítulo. La tercera generación ya comienza a acercarse a la empresa y la familia trabaja para preparar ese recambio sin perder la identidad que permitió sostener el proyecto durante seis décadas. “La experiencia sirve, pero la juventud hace falta”, resumió Ricardo.
Su mayor deseo no pasa únicamente por vender más o ampliar la fábrica. “Lo quiero ver crecer, lo quiero ver expandirse”, dijo. Pero antes había planteado algo todavía más profundo: después de toda una vida ligada a El Tero, imaginar que algún día pudiera dejar de existir sería, para él, “como perder un hijo”.
Sesenta años después de aquella fragua y aquellos tres hermanos, la empresa sigue teniendo una característica que parece haber permanecido intacta: El Tero continúa siendo, antes que nada, una historia de familia.




