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Ormuz: una derrota estratégica para Trump

El escenario geopolítico de Medio Oriente asiste hoy a un ejercicio de prestidigitación diplomática por parte de Washington. La Casa Blanca se esfuerza por empaquetar sus recientes movimientos hacia Irán bajo el rótulo de una "paz estratégica" y una victoria de la diplomacia occidental.



Sin embargo, detrás de la retórica oficial que celebra la contención del programa nuclear y la reducción de las hostilidades regionales, se esconde una realidad incómoda: Estados Unidos está escenificando un triunfo para maquillar lo que, bajo cualquier análisis riguroso, constituye una capitulación geopolítica. La urgencia por vender estabilidad responde más a las necesidades del calendario electoral doméstico y al desgaste de sus recursos que a un verdadero éxito de su política exterior.

Para comprender la magnitud de este repliegue disfrazado, es necesario revisar las promesas fundacionales de la estrategia estadounidense en la región. Durante años, Washington sostuvo que la única salida aceptable era el desmantelamiento total de las capacidades de enriquecimiento de Teherán y el cese absoluto de su influencia a través de milicias aliadas en el eje de la resistencia.

Hoy, el acuerdo táctico que se presenta como un logro no ha desmantelado la infraestructura nuclear iraní, ni ha frenado su desarrollo de misiles balísticos, ni ha disminuido el peso de Teherán en las capitales de la región. Al aceptar un pacto de mínimos que congela temporalmente las tensiones a cambio del alivio de sanciones, Washington no ha pacificado a Irán; ha validado su estatus de potencia umbral.


La narrativa del triunfo estadounidense se apoya en el argumento de que se ha evitado una guerra abierta en un momento de extrema volatilidad global. Ciertamente, la diplomacia preventiva tiene valor, pero confundir la evitación de un conflicto con una victoria política es un error conceptual grave. Irán ha logrado resistir años de la campaña de "máxima presión", ha diversificado sus alianzas globales integrándose firmemente al bloque euroasiático junto a China y Rusia, y ha demostrado que las sanciones occidentales tienen un límite de efectividad.

Que la mayor superpotencia militar del planeta deba conformarse con un alto al fuego de facto con un régimen cercado económicamente demuestra quién ha dictado los términos de la negociación real.

Este giro de Washington envía una señal de debilidad alarmante a sus aliados tradicionales en la región. Tanto Israel como las monarquías del Golfo observan con desconfianza un proceso donde la paz aparente de hoy se construye sacrificando la seguridad del mañana. Al priorizar una salida diplomática rápida que le permita desengancharse de Medio Oriente para pivotar hacia el Indopacífico, Estados Unidos deja a sus socios expuestos a una República Islámica económicamente oxigenada y geopolíticamente legitimada.



La percepción de un repliegue norteamericano acelera un vacío de poder que ya está siendo aprovechado por Pekín y Moscú para consolidarse como los nuevos mediadores confiables de la zona.


Finalmente, la historia enseña que las paces instrumentales, diseñadas para el consumo político interno y carentes de una base de disuasión real, suelen ser el preludio de crisis mayores. Teherán ha entendido perfectamente que el margen de maniobra de la Casa Blanca está severamente limitado por el rechazo de la opinión pública estadounidense a nuevos conflictos crónicos en el extranjero. Al otorgarle a este repliegue la narrativa de un éxito diplomático, el gobierno de EE.UU. no solo se engaña a sí mismo, sino que premia la estrategia de desgaste de su adversario.


La supuesta "paz" vendida por Washington no es el triunfo de la diplomacia sobre la fuerza, sino la aceptación formal de que Irán ha ganado la partida de ajedrez regional.

 

 

Pablo M. Wehbe – Profesor UNRC-UNVM-UCC

Columnista de temas internacionales, Canal 13



 
 

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