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Robar para las redes: el crimen como espectáculo

Por Martín Urricelqui | Hay algo que ya no sorprende, pero debería alarmar más de lo que lo hace: no solo se roba, sino que se filma y se muestra. El caso reciente en Río Cuarto —jóvenes que sustraen una moto a plena luz del día, registran la secuencia y la suben a redes sociales— no es un hecho aislado, sino la expresión de un cambio más profundo en la lógica del delito.



Durante años, la inseguridad se midió en términos clásicos: cantidad de robos, violencia, capacidad de respuesta del Estado. Hoy aparece una dimensión nueva, más difícil de encuadrar: la necesidad de exhibición. El delito deja de ser solo una acción para convertirse también en contenido. Y en ese pasaje hay una mutación cultural que interpela tanto a la Justicia como a la sociedad.


La escena es conocida: menores de edad, grupos organizados de manera precaria pero efectiva, circulación en moto, y una frontera cada vez más difusa entre lo privado y lo público. Lo que antes ocurría en la clandestinidad ahora se expone sin filtros. No hay ocultamiento, hay puesta en escena. La cámara no es un riesgo, es parte del plan.

El dato que inquieta no es solo que los autores filmen, sino que lo hagan sin temor a las consecuencias. En el caso expuesto esta semana en la pantalla de Telediario, los sospechosos fueron detenidos y liberados en cuestión de horas, según el testimonio de la familia afectada. Esa secuencia —delito, registro, viralización, detención, liberación— configura una pedagogía inversa porque enseña que el sistema no alcanza, que el costo es bajo y que incluso puede haber una recompensa simbólica.


En ese punto, la impunidad ya no es solo jurídica. Es también cultural.

Fenómenos como los llamados “velorios tumberos” o la estetización de la vida delictiva en redes sociales no son hechos aislados ni meramente marginales. Funcionan como dispositivos de construcción de identidad. En determinados entornos, la transgresión deja de ser un límite para convertirse en un capital porque otorga visibilidad, pertenencia, reconocimiento y hasta respeto.



Las plataformas digitales amplifican ese proceso. Lo que antes quedaba circunscripto a un barrio hoy puede alcanzar miles de visualizaciones en minutos.


El algoritmo no distingue entre legalidad e ilegalidad y prioriza lo que genera impacto. Y el delito, en su forma más cruda, muchas veces lo logra.

A esto se suma otro elemento: la representación del delito en la cultura masiva. Series, películas y relatos que, con distintos matices, convierten la ilegalidad en espectáculo. No se trata de establecer relaciones lineales ni simplistas, pero sí de reconocer que existe un clima de época donde la figura del delincuente puede adquirir rasgos aspiracionales, especialmente cuando se la asocia con poder, dinero o notoriedad.


En definitiva, el problema no es una serie ni una publicación en redes. El problema es la convergencia de todos esos factores en contextos donde faltan otras referencias y donde la lógica del “me ven, existo” encuentra en el delito un atajo.


La pregunta de fondo no es por qué alguien roba y lo filma. La pregunta es por qué cree que puede hacerlo sin consecuencias y, más aún, por qué considera que vale la pena mostrarlo.

Mientras tanto, asistimos a la naturalización de la transgresión como forma de visibilidad.

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