Quién proponga la unidad es el traidor
- Telediario Digital

- 4 ago
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Por Daniel Montoya
Hay momentos en que los sistemas políticos dejan de responder a las preguntas que ellos mismos supieron contestar.
No sucede de un día para otro. Tampoco porque alguien firme un decreto. Ocurre de una manera más silenciosa. Un día advertimos que seguimos utilizando el mismo mapa, pero el territorio ya empezó a cambiar.
En esos momentos aparece una tentación casi irresistible: levantar un campamento, esperar. Convencernos de que el viaje todavía puede postergarse.
Toda expedición conoce ese instante. El momento en que el sendero desaparece y la espesura comienza.
El fuego ofrece abrigo, el campamento transmite seguridad y la conversación alrededor de las brasas permite creer, aunque sea por una noche, que el mundo conocido todavía alcanza. Pero los territorios desconocidos tienen una característica incómoda: no esperan.
Mientras los exploradores permanecen quietos, el paisaje ya está cambiando.
Sospecho que eso fue, en buena medida, el Frente de Todos.

No tanto una síntesis política como una tregua.
No una respuesta a la pregunta por el futuro del peronismo, sino una manera de postergar esa pregunta.
Muchos, que continúan amnésicos, daban por descontado que Mauricio Macri gobernaría ocho años.
Hoy cuesta recordar hasta qué punto esa hipótesis parecía razonable.
Sin embargo, vista con el diario del lunes, quizá escondía otra necesidad: comprar tiempo, diferir una discusión que tarde o temprano sería inevitable.
Tal como ocurre en la actualidad con muchos peronistas que, abonando la ya insostenible fantasía del Súper Milei, vuelven a comerse la confortable curva de una nueva dilación que postergue la necesaria puja interna por la conducción.
Porque el verdadero problema no era Macri, como hoy tampoco Milei: el real desafío era qué ocurría el día después de Cristina Kirchner.
Y ese interrogante era mucho más difícil de enfrentar que cualquier elección presidencial.
El partido que nunca fue un partido
Perón dijo miles de cosas. Algunas cambiaban según el interlocutor. Otras respondían al momento político. Pero entre esa montaña de palabras quedaron unas pocas intuiciones que, con el paso del tiempo, parecen ganar espesor.
Una de ellas suele citarse como una extravagancia.
—En la Argentina hay un treinta por ciento de radicales, un treinta por ciento de conservadores y otro tanto de socialistas.
—¿Y entonces dónde están los peronistas?
—Peronistas somos todos.
No era una ocurrencia, sino una definición.
Perón estaba diciendo que el peronismo no nacía para representar una parte de la sociedad, sino para intentar contenerla. Por eso nunca terminó de comportarse como un partido.
Los partidos viven de las fronteras, mientras que el peronismo siempre vivió de las mezclas.
Años después volvería sobre la misma idea.
"Los hay ortodoxos. Los hay heterodoxos. Los hay combativos. Los hay contemplativos. Pero todos trabajan”.
Generalmente esa frase se interpreta como un llamado a la convivencia.
Quizá signifique otra cosa.
Quizá Perón no estaba describiendo una unidad, sino un ecosistema.
La tregua prematura
Si el peronismo es un ecosistema, entonces el conflicto deja de ser una anomalía.
Pasa a formar parte de su funcionamiento.
Esa es, quizás, la intuición que suele escapársenos.
Los partidos políticos eligen candidatos, mientras que los sistemas complejos seleccionan conductores.
No lo hacen mediante consenso, sino a través de la competencia.
Las grandes conducciones del peronismo nunca surgieron de una mesa de unidad. Emergieron cuando un equilibrio dejó de existir y otro comenzó lentamente a organizarse.
Tal vez por eso la unidad aparezca, muchas veces, como una forma elegante de procrastinación.
No resuelve la sucesión, sino que la posterga.
Construye un campamento en el borde del mapa conocido mientras todos esperan que alguien más se anime a cruzar primero.
Por si a alguien no le quedó claro: hablo del riesgo de la generación de un nuevo Frente de Rejuntémonos Todos.
A modo de epílogo
Pero el territorio no espera.
Mientras la dirigencia permanece alrededor del fuego, el paisaje ya empezó a transformarse.
¿Cómo? Generando preguntas incómodas como las que el peronismo, con mucho pasado por delante, no responde hace tiempo.
Por ejemplo, ¿cómo actuará, más allá de sus viejos eslóganes, ante el desafío que le propone un mundo cada día más moldeado por la robótica, la inteligencia artificial y la digitalización en todos los planos imaginables?
Más aún, donde emerge lo que, hasta hoy al menos, aparece como un nubarrón gris en un horizonte de profecías autocumplidas definidas por magnates tecnológicos como Elon Musk o el hoy vecino porteño Peter Thiel: un mundo automatizado donde resulta un enorme desafío reconstruir el vínculo del ingreso o el salario con el trabajo.
En resumen, cuando el peronismo finalmente avance y descubra que el mapa que llevaba en la mochila ya no sirve.
Postdata
¿Y que hay del mítico fifty fifty? Por ahora, te lo debo pa’ la próxima.


