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Aterrizaje suave

El 3 de agosto de 2022 no cambió solamente un ministro de Economía. Cambió el centro de gravedad del gobierno. La llegada de Sergio Massa significó que el Frente de Todos admitía que ya no podía gobernar desde la autoridad presidencial. Alberto Fernández seguía ocupando el sillón, pero la cabina del avión pasaba a otras manos.

 


No era un cambio económico. Era un procedimiento político. Quedaba más de un año de mandato y el objetivo dejaba de ser recuperar iniciativa para pasar a evitar el desastre. Massa se convertía en el piloto de emergencia de una administración que necesitaba llegar a la pista, aunque fuera renunciando a buena parte de su identidad.

 

Cuatro años después, la historia parece rimar. Si finalmente Diego "Colo" Santilli desembarca como jefe de Gabinete, el mensaje será parecido. No se trata solamente de incorporar un dirigente con experiencia. Se trata de convocar a un interventor político, a un profesional del sistema, alguien capaz de administrar tensiones, contener actores y negociar con una corporación política que el propio oficialismo construyó como antagonista.

 

La paradoja es evidente. El gobierno que edificó su legitimidad sobre la narrativa anticasta terminaría confiando la estabilización de su último tramo a uno de los dirigentes que mejor representan esa vieja política.

 

No sería un fenómeno exclusivamente argentino. Cuando los gobiernos sienten que el tiempo político se agotó, suelen reemplazar a los ideólogos por los administradores. El objetivo ya no es transformar sino aterrizar. La historia ofrece varios ejemplos: desde los gobiernos europeos que incorporaron tecnócratas para atravesar crisis hasta administraciones latinoamericanas que terminaron delegando la gestión cotidiana en operadores con amplio reconocimiento del establishment. La lógica siempre es la misma: preservar gobernabilidad cuando la épica ya no alcanza.


La hora de los profesionales, de los feos, sucios y malos

 

Toda transición tiene sus especialistas. Son los profesionales del aterrizaje suave. Los negociadores. Los operadores. Los hombres que conocen cada pasillo del poder y cuyo prestigio no depende del carisma sino de evitar que el avión toque la pista envuelto en llamas.

 

El precio casi siempre es el mismo: resignar identidad política en nombre de la estabilidad. Mauricio Macri ya había recorrido ese camino cuando eligió tardíamente a Miguel Pichetto como compañero de fórmula. El mensaje era transparente: el sistema político podía confiar en que la transición sería ordenada.

 

Son los "feos, sucios y malos", en sentido metafórico, como aquellos personajes de Ettore Scola. No llegan para enamorar al electorado. Llegan para hacer el trabajo que nadie quiere hacer: garantizar que, cuando termina la ilusión, todavía quede pista suficiente para un aterrizaje sin estruendo.

 
 

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