Líbano, una eterna obsesión de Israel
- Telediario Digital

- 4 jun
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La frontera norte de Israel no es una simple línea de demarcación geopolítica; es una cicatriz abierta que late al ritmo de una obsesión histórica. Desde la fundación del Estado hebreo en 1948, el destino de Israel y el de su vecino del norte, el Líbano, han estado entrelazados en un ciclo trágico de invasiones, promesas rotas y guerras asimétricas.
Para la doctrina de seguridad de Tel Aviv, el territorio libanés nunca ha sido visto como un Estado soberano convencional, sino como un vacío de poder peligroso, un santuario de amenazas existenciales y, en última instancia, el escenario de sus mayores frustraciones militares.
Esta fijación no es nueva ni coyuntural. En las décadas de 1970 y 1980, la presencia de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en el sur del Líbano transformó la región en el "Fatahland", un trampolín para ataques contra comunidades israelíes. La respuesta de Israel en 1982, bajo la dirección de Ariel Sharón, fue la Operación Paz para Galilea.
Lo que se planeó como una incursión rápida de cuarenta kilómetros se convirtió en una marcha destructiva hasta Beirut y en una ocupación que se prolongó por casi dos décadas.
Aquella invasión buscaba rediseñar el mapa de Medio Oriente instalando un gobierno cristiano aliado en Beirut, pero terminó cosechando el efecto contrario. Al expulsar a la OLP, Israel creó el vacío perfecto para el nacimiento de un enemigo mucho más disciplinado, ideológico y letal: Jizballah.

La paradoja libanesa de Israel radica en que cada intento por erradicar una amenaza en su frontera norte ha sembrado las semillas de un peligro mayor. Jizballah, el "Partido de Dios", floreció bajo la resistencia a la ocupación israelí en el sur del Líbano, un territorio que Israel abandonó finalmente en el año 2000 de manera apresurada. La retirada no trajo la paz; consolidó a una milicia chiita respaldada por Irán que, con el tiempo, dejó de ser un simple grupo guerrillero para transformarse en un ejército híbrido con un arsenal capaz de saturar los sistemas de defensa aérea más avanzados del mundo.
La guerra de 2006 demostró los límites del poder militar convencional de Israel frente a la guerra asimétrica moderna. A pesar de la devastación de la infraestructura libanesa, el liderazgo de Jizballah sobrevivió y su capacidad de ataque quedó intacta. Desde entonces, el Líbano se convirtió en la pieza central de lo que Teherán denomina el "Eje de la Resistencia", un anillo de fuego que rodea a Israel.
Para los estrategas en Tel Aviv, observar el sur del Líbano pasó a ser un ejercicio de vigilancia neurótica: contar cada túnel excavado en la roca, rastrear cada cargamento de misiles guiados de precisión provenientes de Damasco y monitorear los movimientos de las fuerzas de élite Radwan a lo largo de la Línea Azul.
La obsesión mutó de una necesidad táctica a un imperativo de supervivencia psicológica. La población del norte de Israel ha vivido bajo la sombra constante de una lluvia de proyectiles que puede activarse en cualquier momento, una realidad que se agudizó drásticamente tras los eventos de octubre de 2033 y el posterior recrudecimiento del conflicto regional.
El desplazamiento masivo de miles de civiles israelíes de sus hogares en Galilea debido al fuego cruzado diario representa una victoria estratégica para Jizballah sin necesidad de haber cruzado la frontera en masa. Para Israel, un territorio soberano donde sus ciudadanos no pueden vivir es una afrenta inaceptable a su ethos fundacional.

Por el otro lado, el Líbano paga el precio de ser el tablero de ajedrez ajeno. Un país devastado por crisis financieras crónicas, parálisis política institucional y la explosión del puerto de Beirut en 2020, se ve arrastrado repetidamente a conflictos que su sociedad civil, multiétnica y fragmentada, no desea pero no puede evitar.
El Estado libanés es un rehén de la estructura militar de Jizballah, la cual opera de forma autónoma a las fuerzas armadas oficiales. Cuando Israel ataca, la distinción entre los objetivos de la milicia y la infraestructura nacional se desvanece en el humo de los bombardeos, castigando a una población que asiste impotente a su propia destrucción.
La comunidad internacional, a través de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano (FPNUL) y la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad, ha demostrado una inoperancia estructural. La exigencia de que el sur del Líbano permanezca libre de personal armado que no sea el del ejército legítimo libanés ha sido una ficción diplomática durante dos décadas. Israel argumenta, con justa razón desde su perspectiva de seguridad, que no puede confiar su supervivencia a cascos azules ni a comunicados de la ONU mientras los arsenales crecen al otro lado de la cerca.
El dilema de hierro para Israel es que no existe una solución militar definitiva para su obsesión libanesa. Una nueva invasión terrestre puede empujar a las milicias unos kilómetros al norte del río Litani, pero la historia demuestra que el barro libanés tiende a atrapar a los ejércitos invasores en guerras de desgaste asfixiantes. Tampoco la disuasión mediante la destrucción de infraestructura civil garantiza la paz a largo plazo; solo profundiza el resentimiento que alimenta el reclutamiento de futuras generaciones de combatientes.
Líbano sigue siendo la eterna obsesión de Israel porque representa el reflejo de sus propios límites. Es el recordatorio constante de que la superioridad tecnológica y el poder de fuego absoluto no pueden comprar la seguridad ni suprimir la geografía. Mientras el Líbano carezca de un Estado fuerte capaz de monopolizar la fuerza en su territorio, y mientras Israel dependa exclusivamente de la fuerza militar para gestionar sus fronteras, la Línea Azul continuará siendo la antesala del próximo apocalipsis anunciado en Medio Oriente.
Pablo M. Wehbe – Profesor UNRC-UNVM-UCC
Columnista de Temas Internacionales en Canal 13



